Trazando Vidas

Una historia común

sábado, diciembre 04, 2004

XI - Epílogo.




Jueves, de algún año. Vida poca. Tan Grande. Vida de segundos… Julián llegó al Milano faltando diez para las nueve. No solo era una persona un tanto ansiosa, sino que siempre había creído que no estaba de más analizar un poco el lugar –como si no lo conociera- para poder tener las cosas un tanto más bajo control. Un mesero se le acercó enseguida:
“Algo de tomar señor?”, preguntó.
“No todavía, muchas gracias. Espero a alguien. Cuando ella venga sí le agradecería nos tome la orden”, apuntó Julián.
“Con mucho gusto”, dijo el mesero mientras daba media vuelta y se dirigía a atender otras mesas.

Julián levanto su mano y observó el reloj. Todavía faltaban unos minutos, por lo que se dedicó a doblar una servilleta. Pensó que no caería mal decirle a Clara algunas cosas sobre las que había estado pensando últimamente, y esperó que sus comentarios, lejos de ser sorpresivos, fueran acogidos por Clara como una muestra de madurez.


Sara se levantó de golpe de la mesa, golpeó su rodilla derecha con el borde de la misma, intentó disimular el dolor y con una mirada sorprendida observó fijamente la remozada y elegante cara de André Cavale, quien recién le había saludado.

-¿Cómo estás Sara?-
-Bien André, aunque es extraño verte de nuevo.
-Lo sé. Además sé que mi llamada fue algo inoportuna, pero solamente estaré dos días en la ciudad y francamente tenía que verte.
-No te preocupés. Lo que pasa es que en efecto tu llamada fue algo extraño. Además, me sorprendiste porque he tenido días un tanto difíciles.
-¿Por qué?
-No preguntes… otro día te contaré de eso, pero hoy no.- En ese preciso momento Sara recordó parte de la discusión que había tenido horas antes con Agustín. Su memoria, de inmediato, como si fuese el encargado de seguridad del corazón, trajo a su cabeza el momento en el que algún siete de marzo André simplemente había desaparecido.
-Tomás tu tradicional Tom Collins… ¿será que no hemos cambiado nada luego de estos años?
-Soda con limón para vos, imagino- sentenció Sara.
-En efecto Sara, en efecto.

Al tiempo llegó el mesero, tomó la orden de André y luego regreso con un alargado vaso de vidrio que dejaba ver un limón flotando entre hiperactivas y delicadas burbujas.

-¿Qué tal todo André? ¿Cómo está tu padre? Escuché que no estaba bien, pero nunca tuve cómo informarme.
-No hablemos de eso Sara. Hoy no es día para eso. He decidido comentarte algunas cosas que desde hacía mucho tiempo tenía la necesidad de comentarte.
-¿Qué pasó?, preguntó Sara interesada. ¿De qué querés hablar?
-¿Te acordás del siete de marzo?, preguntó André.
-¿Que si me acuerdo? Son ya tres años André, y todavía no lo he olvidado, dijo Sara mostrándose un tanto indignada. -Nunca entendí por qué desapareciste.
-Quería hablarte de ese día, y de los días que le precedieron.
-¿Para qué ahora And…., interrumpió Sara.
-Por favor dejame hablar, dijo André, mientras bebía un trago importante para quitarse la incipiente sequedad de boca. –Yo sé que no estuvo bien tomar mis cosas y desaparecerme. De hecho eso ha sido algo que me ha atormentado desde que sucedió. Debí ser no sólo más cortés, sino más adulto. Pero vos sabés como se pone uno en esos momentos, que piensa que es mejor decir las cosas claramente, pero al momento de enfrentarse a ellas uno no es más que un niño que no halla las palabras correctas para describir al corazón.
-Te entiendo, dijo Sara.
-Dos días antes del siete, un hombre tocó a mi puerta. Era un hombre mayor, le calculé unos setenta y resto de años, y me entregó un sobre. Le pregunté de quien provenía pero no quiso responderme. Me dijo que esperaría a que yo leyera lo que venía adentro y se llevaría mi respuesta. Extrañado, le pregunté que si me conocía, pero me respondió negativamente. Entonces abrí el sobre y leí atentamente. En lugar de iniciar una discusión o agarrar a patadas al pobre viejo, comencé a sudar y a mirar para todos lados, como buscando la mejor salida a la realidad a la que en ese momento me había visto expuesto.
-Pero… ¿Qué decía la carta?, preguntó Sara.



Clara entró al lugar pasados cinco minutos después de las nueve. Julián se levantó, la saludó, y le corrió la silla para que se sentara. Clara pidió algo de tomar y una crema de hongos, y reacomodó cada uno de los cubiertos que había puesto el mesero para ella. Luego se recogió el cabello y le preguntó a Julián que a quién miraba. Julián volvió en sí y le dijo que a nadie, que a un tipo que desde que Clara había entrado, no dejaba de mirarla.
“¿Celoso?”, pregunto Clara.
“Celoso… ¿yo?, respondió Julián. “¡Si tan solo supiera detalles de nuestros encuentros!”, dijo Julián mientras sonreía con malicia.
“Sí, seguro no debe tener ni la menor idea, pero se lo estará deseando, ¿no te parece?”
“Ni me digás, no quiero imaginármelo”, terminó diciendo Julián casi riendo a carcajadas.

Los dos siguieron conversando por veinte minutos más, pasando de temas candentes hasta otros que no lo eran tanto, nunca perdiendo esa mirada poco comprometida -ella-, ni esa incipiente fijación -él-, al estar el uno frente al otro. Clara le comentó a Julián que recién venía de toparse con Estefanía, su amiga trabajadora social, quien le había comentado que en los pueblos al sur de la ciudad necesitaban voluntarios por dos meses para que ayudaran con el plan de sexualidad rural que había iniciado una institución gubernamental. Entre otras cosas, Clara hizo visible su interés no sólo por ofrecerse para dicho proyecto, sino que además dejó claras sus intenciones de irse a vivir a algún área rural del país. Se calificó como una colaboradora frustrada, y no dejó dudas de que quería, desde hacía ya algún tiempo, hacer algún favor a la gente que menos tenía, al menos por algún tiempo.
La mirada de Julián había dejado de divagar hacía ya algunos minutos. Se posó decididamente sobre los labios de Clara justo en el momento en el que ella hacía referencia a las carencias, y decidió detenerse justo ahí para tomar algo de aire y enfocar nuevamente.
“¿Y cuándo estarías pensando irte?”, preguntó.
“Hmmm, no estoy muy segura, pero mientras más lo pienso creo que debería ser lo antes posible.”
“Entiendo”, dijo Julián, mientras levantaba la mano para llamar al mesero.
“¿Sí señor?”, preguntó cordialmente aquél.
“Regáleme por favor otro de éstos”, dijo Julián mientras entregaba, vacío, el vaso con hielo donde alguna vez fue servido un tosco y añejo whisky.
“…”
“Entiendo”, repitió. Y bastaba con hurgar bajo la mesa, hacer a un lado el mantel y ver cómo la pierna izquierda de Julián había comenzado a llevar un ritmo en tres cuartos poco coherente… diríamos, torpemente destiempado.
“Ya regreso Clara, tengo que ir al baño un segundo.”
“Está bien, te espero…”


-No sólo era una carta Sara. Además de eso, venía acompañada por exámenes de sangre, fotografías y copias de certificados civiles. Eran los documentos de nacimiento un niño, Matías, de apellido Cavale, así como los exámenes de sangre que hacían constar que yo era nada menos que su padre.
-¿¿Cómo??, preguntó exaltada Sara, mientras le tiraba la servilleta de tela en la cara a André. –¿Fue esa la razón por la que te fuiste? ¡¡No puedo creerlo!! ¿Estuviste con alguien más?
-Por favor Sara, tranquilizate. Si he venido a decírtelo es porque no puedo más con esta carga.
-¿Que me tranquilice me pedís? Puedo tranquilizarme André, pero simplemente no puedo creer que después de tantos años tenga que venir a escuchar que esas fueron las razones. ¡Vaya que te imaginaba diferente!, terminó diciendo Sara Jasid.
-Soy padre de un hermoso niño, y aunque no me lo creas, me ha cambiado la vida.
-No sólo a vos André, no sólo a vos…
-Disculpame Sara, voy al baño, ya regreso, no te vayás…
-Cobarde… apurate por favor, que tenemos cosas de qué hablar.
André se levantó de la mesa sin mirarla, y sin distracciones mientras miraba hacia el suelo, caminó directo hacia el baño. Empujó con fuerza la puerta, se detuvo frente al orinal e inició el ritual. Alguien más orinaba a su lado. Mientras miraba la pared que tenía frente a sí, escuchó que la persona que estaba junto a él silbaba una canción conocida. Volteó la mirada y reconoció, sobresaltado, a su viejo amigo, Julián Campo.
-¡Julián! ¡¿Qué hacés aquí hermano?!, preguntó sobresaltado André.
-¡André!, respondió Julián. –¡Qué bien verte! ¿Cómo estás?
-Bien Julián, digamos que bien. Pasando por unos minutos difíciles, pero bien. Vení, conversemos afuera.

Salieron del baño y conversaron por unos minutos. Julián le aceptó a André que recién había recibido una noticia que lo había puesto un poco triste y que lo peor era que la había recibido justo el día en el que había decidido dar un paso adelante. André no se quedó atrás y le comentó algunos detalles de la batalla que se estaba librando en su mesa. Julián, intrigado, le preguntó a su amigo si la tal Sara era la famosa Sara Jasid, aquella mujer con la que en algún momento su amigo había pensado casarse. André asintió y lo invitó a conocerla.

Juntos caminaron diez metros y la cámara, lenta, pudo captar lo siguiente:

Que los amigos, luego de tiempo suficiente de no verse, sonreían juntos. Que un mesero dejaba caer un vaso al costado de la barra. Que un vehículo pasaba afuera a altas velocidades. Que un hombre mayor levantaba la mano. Que una mujer mordía un pedazo de pizza. Que un mesero recogía platos sucios de una mesa. Que Clara volteaba la mirada hacia Julián, parpadeaba, y su cabello interrumpía su vista mientras se preguntaba hacia dónde se dirigía su compañero, y comenzaba a invadirla el desazón. Que André daba pasos decididos hacia su mesa. Que Sara bebía un trago más de Tom Collins. Que alguien abría un paraguas. Que afuera, un pobre pedía limosna. Que a Blanca Montvelisky le decían palabras de amor y que un perro intentaba ingresar al lugar. Que al acercarse a la mesa André presentó a Sara con Julián y que justo después de que ella se levantara y ambos se dieran la mano para saludarse, una mirada invariable y tenaz salió de cada uno de ellos y los atravesó como atraviesa la flecha a su víctima, desangrándolos.

André, sin darse cuenta, había borrado de un soplido aquella blanca y poderosa línea que la naturaleza había trazado entre aquellos, pero intuyó algo cuando Julián, visiblemente conmocionado le decía a aquella hermosa mujer que era Sara Jasid “Mucho gusto, es un placer conocerla. Mi nombre es Julián Campo”, y ella, serena, respondía, radiante, “Igualmente, Sara Jasid.”

miércoles, julio 14, 2004

IX

Julián salió de casa de Clara como si hubiese recorrido diez maratones, una tras otra, ocupando así un día entero de recorrido. Apenas pudo quitarse los zapatos y lavarse los dientes antes de caer rendido luego de semejante noche en casa de su amiga. Al día siguiente, apenas despertó, amaneció excitado al deleitarse con los recuerdos de lo que en la noche anterior le había sucedido. Tomó una larga ducha y pasó a desayunar al Milano. Luego llegó al almacén y divagó por cada uno de los estantes mientras reconstruía en su cabeza, una a una, las posiciones practicadas, las palabras erotizadas y las fantasías cumplidas. Se dijo a sí mismo que ni siquiera a ese punto había llegado con Abril... y siguió pensando.

Personas y más personas entraban al almacén. A la mayoría les vendía. La mayoría eran mujeres. Pensaba que toda aquella excitación y toda esa explosión de sabor que manejaba en su cabeza no hacían más que ayudarle a emitir feromonas y a atraer al sexo opuesto. Lo estaba comprobando. A las tres horas de haber comenzado el día de trabajo ya había conseguido los números de teléfono de dos mujeres que habían realizado compras en el almacén. Una de ellas, a juzgar por su anillo, estaba casada. Luego tomó nota del inventario que ingresaba y a la hora del almuerzo no pudo más ante lo incontenible: llamó a Clara y le propuso que se vieran por la noche. Le dijo que la noche anterior había sido sencillamente milagrosa y que quería repetirlo. Ella accedió y quedaron en verse esta vez más temprano. Seis y treinta.

Las horas pasaron tan despacio como para desesperar. La gota de sudor caía lento. Los zapatos se desamarraban y la ropa quedaba incómoda. Pero al final, como siempre, a pesar de la larga espera o mejor dicho, luego de la ansiedad, llegó la hora. Se lavó bien los dientes, se acomodó el pelo y se fue directo hacia donde Clara. Pasó, eso sí, a la farmacia antes. Era ansioso pero precavido. Luego tocó la puerta y fue recibido por una mujer con brillo en los ojos, mirada directa, y esencia de sexo. No pasaron más de treinta minutos con la ropa puesta. Pasaron más de cuatro horas sin ella. Por todas las partes del apartamento. De todas las formas imaginables. El lobo se comió a su presa. La presa deseaba dejarse comer.

Camino a casa, entrada bastante la noche, Julián no pudo evitar el vacío. Cruzó la calle como para evitar toparse de frente con los temores, pero el peso de lo que le había sucedido era recurrente. Entonces recordó la imagen de Abril en la puerta, observando cómo él, cual niño desprotegido, entraba en la habitación y topaba con otro hombre. Luego pensó en Clara y en lo que podría suceder con ella. Si sería todo tan casual. Tan animal. Tan irrelevante. Pero comenzó a ilusionarse. Terminó por darle crédito a todas esas ideas puesto que justo antes de salir del apartamento de Clara le dijo que podrían verse el jueves por la noche en el Milano. Lugar conocido. Dominado. Lugar no neutral, para tomarse una cerveza. No sabía, eso sí, la sorpresa que esa noche, como si fuese la muerte la que aguarda, le esperaba.

"Sí Julián, el jueves me parece bien, ahí en el Milano, pero... como a qué hora?"
"Como a las nueve Clara, como a las nueve."

La vida es tan poca. Tan grande. En cuestión de segundos se transforma.

martes, junio 22, 2004

VII



Sábado cuatro de marzo. A eso de las once de la mañana Julián llamó a Abril para concertar la salida nocturna. Le propuso que fueran a ver una película pero ella se rehusó. Le respondió que esa noche no podría salir puesto que llegaría a visitarla su amiga Daria, quien vivía al norte del país, por lo menos a unas ocho horas de la ciudad. Julián se mostró sorprendido ante la visita de una mujer que cuando tuvo la oportunidad de conocerla, le pareció una mujer interesantísima. Luego le propuso que se vieran un rato por la tarde, y Abril accedió.

Tenían año y medio de compartir juntos, quinientos veintisiete días desde aquella vez en que María, la amiga de Julián, le dio el teléfono de su asistente de dentista para que le hiciera un descuento. Él solicitó la cita para un lunes y asistió puntualmente para que le fuera removida una cordal. Mientras repasaba la revista de modas y se perdía puerilmente entre las fotos de mujeres en trajes de baño, pasaron quince minutos y se abrió una puerta. Le pidieron que pasara adelante, pero él, ante tanta belleza, se tropezaba con el sillón que tenía al lado, pero lograba sujetarse del mueble que yacía a su izquierda. Abril le mostró el cuarto donde sería atendido, y le pidió que se sentara y se relajara mientras el dentista llegaba. Pasaron cinco minutos y no había mucho movimiento. Ella entró en la habitación y le pidió que abriera la boca, al mismo tiempo que iluminaba la enorme boca abierta de Julián. Él se sentía abrumado. Súbitamente quería decirle cosas. No le perdía la vista. Recordó lo que le había sucedido hacía algunos años, cuando al entrar al supermercado no pudo contenerse y tuvo que declararle la belleza a una muchacha que compraba la comida de su casa. Entonces Abril le puso un par de enormes algodones en la boca y abrió un par de gavetas buscando otros instrumentos. Julián intentaba voltear para ver la parte trasera de la bella mujer, pero lo que logró fue que Abril le pidiera que se quedara quieto. Al tiempo llegó el dentista y en un dúo que para Julián fue dinámico, lograron extraer la cordal con la delicadeza de quien cruza un salón de diez por diez bailando un waltz bien practicado. Escupió y escupió hasta liberar los restos de la pequeña operación y procedió a desalojar la habitación. Se secó un poco y caminó directo hacia la recepción. Pagó la cuenta y se dirigió a su casa no sin antes despedirse de Abril con una humilde sonrisa y un corto y tímido movimiento de mano. Se juró que volvería para decirle algo a la mujer que le había quitado el aliento.

Seis días después, una vez que la hinchazón había pasado y que podía pronunciar correctamente las palabras con “r”, decidió tomar el bus que lo llevaría hacia el consultorio del dentista. Tocó el timbre, le dejaron pasar y en medio de la recepción preguntó por la muchacha que asistía al dentista. Lo hicieron esperar por un rato, razón por la cual tomó asiento conocido y repasó revistas conocidas. Luego de pocos minutos una puerta intempestiva fue abierta y bajo el marco se detuvo una Abril sorprendida de volver a ver a su paciente. Él se levantó de un salto y se dirigió hacia ella. Tembloroso le dijo que esperaba que se acordara de él y que esperaba no interrumpirla. Ella sonrió, le dijo que por supuesto que se acordaba de él y que no la interrumpía. Él miró hacia la ventana como tomando aliento y dijo lo que venía a decir. Le dijo que desde que la vio durante su cita tuvo ganas de invitarla a tomar algo, pero que no había encontrado la forma de decírselo. También le preguntó si le gustaría acompañarlo a tomarse algo en algún momento y ella miró hacia la ventana y también tomó aliento. Respondió que sería un placer y que podría ser en esos días, haciendo caso plenamente a lo que había pensado cuando vio por primera vez a Julián… pensó que era descabelladamente guapo.



Julián tenía llaves del apartamento de Abril. Tocó un par de veces y pasó adelante. Ella lo recibió con un abrazo y lo pasó a su habitación. Había estado viendo una película vieja mientras terminaba un chocolate caliente. Esa era una tarde fría, como esas de sábado en las que la gente se guarece y se acompaña entre cobijas y música de fondo. Él se quitó los zapatos, se tiró sobre la cama y se cobijó un tanto los pies. Ella le ofreció un poco de chocolate, fue por él a la cocina y regresó para encontrarlo ido mirando la televisión. Puso las tazas sobre el escritorio y pidió algo de espacio sobre la cama. Luego se recostó frente a él y ambos se quedaron callados observando como el polvo se levantaba de la vieja carretera que aparecía en la pantalla. Luego ella lo abrazó. Se acercó a su mejilla y le dio un beso. Lo acompañó de un te quiero y luego lo besó en la boca. Él cerró los ojos e imaginó la enormidad, para luego quedarse dormido por un largo rato.

“Julián, tengo que alistarme”, dijo Abril intentado despertar a su novio. “Julián.”
“¿Qué pasó?”, respondió él.
“Tengo que alistarme amor. Dentro de una hora llega Daria. Es probable que vayamos a tomar algo y conversemos”, terminó diciendo.
“¿Me estás echando?”, preguntó él mientras asomaba una risa maliciosa.
“No pero bueno, noche de mujeres, vos sabés como es esto”, dijo Abril.
“Está bien amor, pero nos vemos mañana”, dijo Julián mientras intentaba levantarse de la cama.

Pasaron unos minutos. Julián se despedía de Abril y regresaba a casa. De camino se detuvo en una pequeña panadería y sobre una pequeña mesa que daba hacia las ventanas se tomó un refresco y se comió un pedazo de pan con jamón. Era ya de noche. Luego de al menos una hora de haber salido del apartamento de Abril llegó a su casa pero no pudo abrir la puerta pues no tenía las llaves. Hizo algo de memoria y recordó que justo antes de tirarse sobre la cama de su novia había vaciado sus bolsillos sobre el televisor. Recogió la billetera pero no sus llaves. Así que no tuvo otra opción que regresar. De camino, desde un teléfono público, llamó a Abril pero no le contestó la llamada. Titubeó pero decidió seguir su camino con la esperanza de revisar los cafés aledaños creyendo que podría divisar a su novia y a Daria compartiendo un momento. Pero tuvo mala suerte y terminó frente a la puerta del apartamento de Abril, tocando la puerta. Tocó un par de veces como de costumbre. No obtuvo respuesta. Volvió a tocar pero más fuerte puesto que escuchó algo de música adentro. Nadie abrió la puerta. Respiró profundo y tocó algo más fuerte. Espero un poco y escuchó la voz de Abril diciendo que ya venía. Ella abrió la puerta y se vio sorprendida. Él subió la grada de la entrada, le dio un beso en la boca y pasó adelante mientras le decía que había olvidado sus llaves. Sin aliento ella se quedó sosteniendo la puerta mientras veía cómo Julián, ahora de espaldas, caminaba hacia la habitación. La puerta entreabierta dejaba pasar una tenue luz. Una sombra dentro de la habitación hizo notar que había alguien en ella. Julián corrió la puerta de la habitación mientras sin ver saludaba a Daria. Abril pudo ver cómo al entrar, Julián se quedó quieto en medio de la habitación y luego volteó para verla, como preguntando qué hacía esa persona sentada sobre la cama. Ella, avergonzada, con su mano derecha se tapó la boca y observó como Julián caminó rápido hacia la puerta del apartamento y se detuvo frente a ella. Lo escuchó decirle las cuatro palabras más sinceras que había escuchado provenir de su novio: “Maldita hija de puta”. Julián la apartó con un empujón y tiró la puerta. Abril cayó al suelo y se deshizo en lágrimas. De su habitación salió un hombre sin camisa, extrañado, preguntándose qué era lo que había sucedido.

jueves, junio 10, 2004

V

Julián abrió la puerta principal del edificio de apartamentos donde vivía Clara. Tendría que subir dos juegos de gradas, doblar hacia la derecha y contar una puerta antes de llegar al número siete, donde vivía su amiga. Subiendo el primer juego de gradas tuvo que hacerse a un lado al recibir de frente a una señora que huía corriendo de lo que parecía una discusión. Un portazo terminó la escena pero dejó agitado a Julián, y más que todo, intrigado. Un tanto exhausto llegó al tercer piso pero se detuvo por un largo minuto antes de tocar la puerta.
“¿Y ahora…?”, se preguntó.

Tocó la puerta y apareció una Clara algo distinta de la que había visto quince días antes.
“Qué te hiciste en el pelo”, preguntó sorprendido.
“Nada, solo me lo corté un poco, por qué?”, preguntó ella.
“Por nada, solo que se te ve bien”, terminó diciendo Julián mientras pasaba y se sentaba en uno de los sillones de la sala.
“¿Qué contás de nuevo? ¿Cómo has seguido?”, preguntó Clara.
“Bien, bien”, respondió Julián mientras miraba hacia el suelo sabiendo que era obvio que ocultaba algo. “Bueno, más o menos he de admitir. Todo esto me ha costado mucho”, terminó diciendo.
“No entiendo cómo podés decir que te ha costado mucho cuando además de eso pasó lo otro”, dijo Clara. “Eso es algo que no entiendo de los hombres, sufren por algo pero han hecho lo mismo, ¿no te parece?”, sentenció Clara.
“Bah… por favor no hablemos de eso. Además que tenés poco derecho de opinar al respecto estando involucrada”, dijo Julián.
“¿Tomás algo?”, invitó Clara mientras se levantaba camino a la cocina.
“Sí, jugo o Coca, ¿tenés Coca?”, preguntó.
“Hhmmm, Coca, ok…”, respondió Clara abriendo el congelador para sacar el hielo. “¿Cómo va el trabajo Julián?”.
“Bien aunque en medio de todo esto no sé cómo se concretan las ventas. ¡Me va a tocar una buena comisión este mes!”, respondió.
“Seguramente será porque todavía tienes tus encantos”, dijo Clara al mismo tiempo que se desbordaba Coca Cola del vaso de Julián.
“Puede que sea eso”, respondió Julián con sonrisa maliciosa. “Vení, sentate acá”, dijo Julián mientras con la palma de su mano golpeaba su pierna izquierda. “Vení para decirte algo.”

Clara tomó un sorbo del vaso de Julián y se dejó sentar sobre su rodilla. Extendió su brazo izquierdo para poner el vaso sobre la pequeña mesa que estaba ubicada en medio de la sala e intempestivamente se abalanzó sobre él. Las lenguas fueron y vinieron de un lado a otro. Los cuerpos rozaban entre sí. Sus pechos con su pecho. Él puso su mano izquierda sobre la cintura de Clara. La metió entre su camisa. Trazó mapas en su espalda. Números. Y luego con fuerza la empujó sobre el sillón y se lanzó sobre ella. Por diez minutos juguetearon como lo harían dos enormes fieras en celo. Por otros diez minutos hicieron lo que habían hecho meses atrás, así, con el ímpetu de la raza. Con la fuerza de las bombas. Con el odio de las masas...

Martes siete de marzo. Pasadas las dos de la madrugada sonó el teléfono. Saltó de la cama pensando en una emergencia. Esquivó zapatos y alguna que otra prenda más y contestó.
“¿Aló?”, preguntó Julián.
“Hola Julián”, dijo Abril mientras lloraba desconsolada.
“Por favor no me llamés nunca más”, dijo Julián y colgó. Se quedó sentado por diez minutos sobre la maltrecha silla de su escritorio. Luego regresó a la cama y se cobijó fuerte. “Maldita sea”, pensó luego de pasada una hora de la llamada. No había podido conciliar el sueño.

domingo, mayo 30, 2004

III

Joaquín le sirvió a Julián un plato con tres tostadas, mantequilla y mermelada de piña, y un vaso de jugo de naranja. Julián Campo reincorporó la mirada y se concentró en alimentarse. Durante esos largos cinco minutos, además de recordar el inesperado reencuentro con Abril en casa de su amigo, regresó aún más atrás y recostó su mente contra las imágenes de ellos dos comprando cd's en una tienda en el centro. Usualmente, al llegar a la tienda, cada uno tomaba su rumbo, pero luego de más o menos diez minutos de búsqueda regresarían para compartir lo que habían logrado divisar entre los millares de cd's que se podían encontrar en Magic's. En ocasiones se burlaban de mutuas escogencias, en otras con discreción intentaban adivinar los gustos de los otros compradores, y usualmente al finalizar sus escogencias se sentaban en la entrada de la tienda a escuchar la música que ponía el dj y se tomaban un café.

A su lado se sentó un hombre alto, bastante mayor, quien acomodó su paraguas a sus pies y sin quererlo mojó un tanto los zapatos de Julián. Eso fue suficiente para que Julián se reincorporara y recordara que tenía un desayuno por terminar. Dejó solamente pequeñas migajas sobre el plato, pidió la cuenta y decidido salió directo hacia su trabajo como vendedor en un almacén de artículos de oficina.

Pasado el día, a las tres y cuarenta y siete minutos de la tarde de ese lunes entró al almacén una mujer de pelo negro, lacio, de contextura delgada, que vestía una suéter roja de lana, para él, de repente, inconfundible. Lo que más le llamó la atención, además de la postura de modelo de aquella mujer, fueron sus anteojos. Eran idénticos a los que usaba Abril para leer. Le hicieron recordar las tantas ocasiones en las que vio su reflejo esbozado en la mirada de su novia. Las tantas ocasiones en las que soñó verse reflejado en ellos por el resto de sus días. Las tantas ocasiones en las que amaneció a su lado, casi cayéndose de una cama que a pesar de ser para una persona, Abril había acomodado para dos.

Jueves nueve de marzo. Desde muy temprano en la mañana Julián había abierto los ojos. La noche se hizo eterna y al amanecer decidió que seguir postrado en su cama no tenía ningún sentido. Sintió que no era nadie. Se levantó por unos minutos y al regresar del baño se sentó sobre la cama y encendió el televisor. Cambió canales durante un rato e insatisfecho se levantó nuevamente y se sirvió algo de tomar. El sol comenzaba a aparecer. Abrió las cortinas y respiró profundo el aire del nuevo día, un aire frívolo y desesperanzado, mientras intentaba limpiarse los ojos de los rastros que una noche de llanto ininterrumpido había generado. A la lejanía pudo ver algunos vehículos transitar por las calles. Pudo ver también las montañas que rodeaban el valle donde vivía. Pudo divisar el puñal volar desde la lejanía a doscientos por hora, girando sobre su propio eje como si hubiese sido lanzado por un cañón desde las montañas. Pensó que podría esquivarlo con un rápido movimiento de caderas. Pero sabía al mismo tiempo que lo que había sucedido ya había sucedido, y que lo que ahora le tocaba era saborear las mieles de la desgracia. De la humillación. Intentó permanecer erguido, con el pecho al frente, y sintió en su mente cómo el puñal le destrozó el corazón, y cómo Abril había destrozado buena parte del pasado.


Al tiempo se acercó un cliente y le pidió que le mostrara la máquina de escribir marca Olivetti que se encontraba en promoción. Un tanto impaciente Julián intentó mostrarle al cliente todas las funcionalidades del aparato. No pudo entender al final cómo llegó a tener lugar esa venta. Su mente estaba en otro lugar.
“Ahora regresar y nuevamente sólo en casa”, pensó. “Tal vez deba llamar a alguien para entretenerme.”

Llegó a su apartamento cuando comenzaba a anochecer. Sin darle largas al asunto tomó la libreta de teléfonos y buscó el número de Clara, su excompañera de colegio, con quien desde hacía ya muchos años había logrado mantener buena amistad.
“¿Cómo estás Clara?, habla Julián”, dijo con seguridad.
“Hola Julián, qué gusto oírte”, respondió su amiga.
“Igualmente…. Mirá, me preguntaba, ¿qué vas a hacer esta noche?”, preguntó Julián con ciertas dudas.
“Bueno… pensaba lavar algo de mi ropa y luego descansar un poco, ¿por qué?”
“Nada, pensaba que tal vez podría ir a visitarte y conversar un rato, ¿qué te parece?”
“Bien, pero como a las ocho si te parece”, dijo Clara.
“Perfecto, a las ocho llego a tu apartamento”, dijo Julián, y colgó el teléfono.


La música de fondo sonó fuerte. Desde aquel quinto piso y a todo volumen el heavy metal que escuchaba le hubiese servido para sacar de quicio a los vecinos, pero en esta ocasión decidió poner el volumen a nivel normal. Luego de conversar con Clara sintió alivio y ganas de suicidarse al mismo tiempo. Quería pensar que eventualmente podría salir adelante pero en ese mismo momento tenía ganas de matar, uno a uno, a todos aquellos que de alguna forma u otra se vieron relacionados con lo que Abril le había hecho. Al final, terminó pateando el basurero al sonar las últimas notas de la canción que escuchaba y súbitamente se vio frente al espejo del baño inseguro de si quien veía con sudor en la frente y el ceño fruncido podía ser él. Pasó su mano derecha sobre su pelo como para peinarse un poco, se lavó los dientes y terminó sentado comiendo uñas sobre el pequeño sillón que le había regalado su madre cuando decidió irse a vivir solo.

“¿Qué diablos voy a ir a hacer a casa de Clara?”, se preguntó. “Bah… que pase lo que tenga que pasar, de todas formas de me vale un…”, terminó sentenciando su cabeza.

Quince minutos antes de las ocho de la noche Julián tomó las calles. Caminó hacia donde Clara bajo una muy tenue llovizna que desde la tarde hacía esfuerzos por terminar.

lunes, mayo 24, 2004

I

Abrió los ojos como quien no quiere comprender que es de nuevo lunes, día de trabajo, y tiene que salir a la intemperie. Puso primero el izquierdo y luego se incorporó con el derecho y se dirigió hacia la ventana. Corrió la cortina y sus pupilas se hicieron mínimas el enfrentarse con el brillo gris de las seis y cuarenta de la mañana.
“Otra vez lluvia”, pensó. “Otra vez un día gris.”

Su rutina no tenía por qué interrumpirse así que hizo como de costumbre: Con los ojos entreabiertos subió la taza, orinó por larguísimos treinta segundos, se quitó la ropa interior y sin complejos se metió a la ducha. Luego de seis minutos con reloj recordó que había olvidado la toalla sobre la lavadora, así que dejó un camino consistente de agua en su paso del baño a la parte trasera de su pequeño apartamento.
“No puede ser que el fin de semana haya pasado tan rápido. Ya casi ni puedo disfrutarlos.”

Julián se vistió más o menos de forma apresurada y selló todo con una corbata verde oscuro que debía llevar forzosamente pues era un requisito del lugar donde trabajaba.
“Es estúpida esta cosa. Debería ir pensando en buscarme un mejor trabajo”, se dijo a sí mismo.

Tomó las llaves, algunas monedas y metió su billetera en el bolsillo derecho de su pantalón. En el bolsillo trasero, y se dirigió una vez más, como hacía religiosamente, hacia el café Milano, un café localizado en la esquina de la cuadra conformada por Avenida Las Rosas y Calle Conquistador, en pleno bulevar por donde pasaban al día al menos unas dos mil personas. Al entrar, como de costumbre, miró hacia ambos lados para no obviar a alguien conocido y luego se dirigió a la barra, la cual estaba al lado izquierdo del lugar. El café Milano tenía al menos setenta y cinco años de haberse fundado, y recientemente había sido remodelado por Daria Milano, la hija de Matías, su fundador ya fallecido.
“Debería gastar menos y comenzar a desayunar en casa”, se dijo.
“Debería comenzar a ahorrar. Ya ha pasado suficiente tiempo. Debería recomenzar…”.

En la barra usualmente atendía, entre semana, un mesero llamado Joaquín, un colombiano que había huido de su país ya hacía varios años. Saludaba a la gente de forma parca y reservada, usualmente con un “muy buenos días “caballero”, o “señora” o “señorita” cuando fuere el caso. Pero Julián Campo no estaba para días buenos. Ni para saludos ni para buenos tratos. Ese lunes, menos.
“Buenos días caballero”, saludó Joaquín.
“Buenos días”, respondió Julián.
“¿Cómo la ha pasado el fin de semana?”, preguntó el primero. Julián volteó la cabeza hacia la derecha, hacia el enorme ventanal esquinero del local y perdió la mirada entre la gente que caminaba hacia sus trabajos, sin responder nada. En su cabeza, por cinco largos minutos, se libró la batalla que se había venido posponiendo por hacía ya semana y media.

“No puede ser que me haya sucedido eso. No puede ser.”, pensó.

Miércoles veintidós de marzo. Siete y treinta de la noche. Llamó el de apellido Blumenthal, su amigo, para invitarlo a tomar unas cervezas en su casa. A las ocho y cuarenta estaba tocando la puerta y siendo sorprendido por cuatro de sus mejores amigos, cada uno con cerveza en mano, y por cuatro mujeres que sonreían y compartían el momento.
“Pasá adelante por favor. Querés una corriente o una light?”, preguntó el anfitrión.
Light, como siempre”, respondió Julián.
Desde que puso un pie en la casa de su amigo sus ánimos decayeron. Sintió el vacío agrandarse y el sudor aparecer. El temblor en sus manos. Saludó a los presentes, a quienes ya conocía, pero Blumenthal le presentó a Abril creyendo que Julián no la conocía. Ninguno estaba informado. Le besó la mejilla y le sonrió forzando la cara, como si no la conociera. La noche quiso transcurrir como a cien en carretera pero desde el inicio él tuvo que recurrir al ABS y freno de mano.

El grupo estuvo sentado sobre la alfombra, alrededor de una mesa que entre otras cosas incluía vasos con cerveza, copas de vino tinto y algunas medidas de tequila. Sal, limón, cigarrillos y dos servilletas manchadas con lápiz labial. En el centro, casi amontonado, el placer del grupo se llamaba Jenga. Era el tercer juego y Julián se sentía intimidado. Abrumado por el recuerdo. Así que luego de derrumbar la torre recogió su suéter y comenzó a despedirse del grupo con ciertas dificultades ante las preguntas. A ellas respondió que no había pasado buena noche el día anterior y que necesitaba descansar. Apenas se cerró la puerta de la casa de su amigo Blumenthal, corrió como si lo persiguieran, llegó a su apartamento y se refugió en la oscuridad de su habitación. En el cómodo espacio que formaba la esquina de su recinto con la cama. En la penumbra generada por la tenue luz amarilla de una pequeña lámpara de cama.