Trazando Vidas

Una historia común

jueves, junio 10, 2004

V

Julián abrió la puerta principal del edificio de apartamentos donde vivía Clara. Tendría que subir dos juegos de gradas, doblar hacia la derecha y contar una puerta antes de llegar al número siete, donde vivía su amiga. Subiendo el primer juego de gradas tuvo que hacerse a un lado al recibir de frente a una señora que huía corriendo de lo que parecía una discusión. Un portazo terminó la escena pero dejó agitado a Julián, y más que todo, intrigado. Un tanto exhausto llegó al tercer piso pero se detuvo por un largo minuto antes de tocar la puerta.
“¿Y ahora…?”, se preguntó.

Tocó la puerta y apareció una Clara algo distinta de la que había visto quince días antes.
“Qué te hiciste en el pelo”, preguntó sorprendido.
“Nada, solo me lo corté un poco, por qué?”, preguntó ella.
“Por nada, solo que se te ve bien”, terminó diciendo Julián mientras pasaba y se sentaba en uno de los sillones de la sala.
“¿Qué contás de nuevo? ¿Cómo has seguido?”, preguntó Clara.
“Bien, bien”, respondió Julián mientras miraba hacia el suelo sabiendo que era obvio que ocultaba algo. “Bueno, más o menos he de admitir. Todo esto me ha costado mucho”, terminó diciendo.
“No entiendo cómo podés decir que te ha costado mucho cuando además de eso pasó lo otro”, dijo Clara. “Eso es algo que no entiendo de los hombres, sufren por algo pero han hecho lo mismo, ¿no te parece?”, sentenció Clara.
“Bah… por favor no hablemos de eso. Además que tenés poco derecho de opinar al respecto estando involucrada”, dijo Julián.
“¿Tomás algo?”, invitó Clara mientras se levantaba camino a la cocina.
“Sí, jugo o Coca, ¿tenés Coca?”, preguntó.
“Hhmmm, Coca, ok…”, respondió Clara abriendo el congelador para sacar el hielo. “¿Cómo va el trabajo Julián?”.
“Bien aunque en medio de todo esto no sé cómo se concretan las ventas. ¡Me va a tocar una buena comisión este mes!”, respondió.
“Seguramente será porque todavía tienes tus encantos”, dijo Clara al mismo tiempo que se desbordaba Coca Cola del vaso de Julián.
“Puede que sea eso”, respondió Julián con sonrisa maliciosa. “Vení, sentate acá”, dijo Julián mientras con la palma de su mano golpeaba su pierna izquierda. “Vení para decirte algo.”

Clara tomó un sorbo del vaso de Julián y se dejó sentar sobre su rodilla. Extendió su brazo izquierdo para poner el vaso sobre la pequeña mesa que estaba ubicada en medio de la sala e intempestivamente se abalanzó sobre él. Las lenguas fueron y vinieron de un lado a otro. Los cuerpos rozaban entre sí. Sus pechos con su pecho. Él puso su mano izquierda sobre la cintura de Clara. La metió entre su camisa. Trazó mapas en su espalda. Números. Y luego con fuerza la empujó sobre el sillón y se lanzó sobre ella. Por diez minutos juguetearon como lo harían dos enormes fieras en celo. Por otros diez minutos hicieron lo que habían hecho meses atrás, así, con el ímpetu de la raza. Con la fuerza de las bombas. Con el odio de las masas...

Martes siete de marzo. Pasadas las dos de la madrugada sonó el teléfono. Saltó de la cama pensando en una emergencia. Esquivó zapatos y alguna que otra prenda más y contestó.
“¿Aló?”, preguntó Julián.
“Hola Julián”, dijo Abril mientras lloraba desconsolada.
“Por favor no me llamés nunca más”, dijo Julián y colgó. Se quedó sentado por diez minutos sobre la maltrecha silla de su escritorio. Luego regresó a la cama y se cobijó fuerte. “Maldita sea”, pensó luego de pasada una hora de la llamada. No había podido conciliar el sueño.

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