Trazando Vidas

Una historia común

lunes, mayo 24, 2004

I

Abrió los ojos como quien no quiere comprender que es de nuevo lunes, día de trabajo, y tiene que salir a la intemperie. Puso primero el izquierdo y luego se incorporó con el derecho y se dirigió hacia la ventana. Corrió la cortina y sus pupilas se hicieron mínimas el enfrentarse con el brillo gris de las seis y cuarenta de la mañana.
“Otra vez lluvia”, pensó. “Otra vez un día gris.”

Su rutina no tenía por qué interrumpirse así que hizo como de costumbre: Con los ojos entreabiertos subió la taza, orinó por larguísimos treinta segundos, se quitó la ropa interior y sin complejos se metió a la ducha. Luego de seis minutos con reloj recordó que había olvidado la toalla sobre la lavadora, así que dejó un camino consistente de agua en su paso del baño a la parte trasera de su pequeño apartamento.
“No puede ser que el fin de semana haya pasado tan rápido. Ya casi ni puedo disfrutarlos.”

Julián se vistió más o menos de forma apresurada y selló todo con una corbata verde oscuro que debía llevar forzosamente pues era un requisito del lugar donde trabajaba.
“Es estúpida esta cosa. Debería ir pensando en buscarme un mejor trabajo”, se dijo a sí mismo.

Tomó las llaves, algunas monedas y metió su billetera en el bolsillo derecho de su pantalón. En el bolsillo trasero, y se dirigió una vez más, como hacía religiosamente, hacia el café Milano, un café localizado en la esquina de la cuadra conformada por Avenida Las Rosas y Calle Conquistador, en pleno bulevar por donde pasaban al día al menos unas dos mil personas. Al entrar, como de costumbre, miró hacia ambos lados para no obviar a alguien conocido y luego se dirigió a la barra, la cual estaba al lado izquierdo del lugar. El café Milano tenía al menos setenta y cinco años de haberse fundado, y recientemente había sido remodelado por Daria Milano, la hija de Matías, su fundador ya fallecido.
“Debería gastar menos y comenzar a desayunar en casa”, se dijo.
“Debería comenzar a ahorrar. Ya ha pasado suficiente tiempo. Debería recomenzar…”.

En la barra usualmente atendía, entre semana, un mesero llamado Joaquín, un colombiano que había huido de su país ya hacía varios años. Saludaba a la gente de forma parca y reservada, usualmente con un “muy buenos días “caballero”, o “señora” o “señorita” cuando fuere el caso. Pero Julián Campo no estaba para días buenos. Ni para saludos ni para buenos tratos. Ese lunes, menos.
“Buenos días caballero”, saludó Joaquín.
“Buenos días”, respondió Julián.
“¿Cómo la ha pasado el fin de semana?”, preguntó el primero. Julián volteó la cabeza hacia la derecha, hacia el enorme ventanal esquinero del local y perdió la mirada entre la gente que caminaba hacia sus trabajos, sin responder nada. En su cabeza, por cinco largos minutos, se libró la batalla que se había venido posponiendo por hacía ya semana y media.

“No puede ser que me haya sucedido eso. No puede ser.”, pensó.

Miércoles veintidós de marzo. Siete y treinta de la noche. Llamó el de apellido Blumenthal, su amigo, para invitarlo a tomar unas cervezas en su casa. A las ocho y cuarenta estaba tocando la puerta y siendo sorprendido por cuatro de sus mejores amigos, cada uno con cerveza en mano, y por cuatro mujeres que sonreían y compartían el momento.
“Pasá adelante por favor. Querés una corriente o una light?”, preguntó el anfitrión.
Light, como siempre”, respondió Julián.
Desde que puso un pie en la casa de su amigo sus ánimos decayeron. Sintió el vacío agrandarse y el sudor aparecer. El temblor en sus manos. Saludó a los presentes, a quienes ya conocía, pero Blumenthal le presentó a Abril creyendo que Julián no la conocía. Ninguno estaba informado. Le besó la mejilla y le sonrió forzando la cara, como si no la conociera. La noche quiso transcurrir como a cien en carretera pero desde el inicio él tuvo que recurrir al ABS y freno de mano.

El grupo estuvo sentado sobre la alfombra, alrededor de una mesa que entre otras cosas incluía vasos con cerveza, copas de vino tinto y algunas medidas de tequila. Sal, limón, cigarrillos y dos servilletas manchadas con lápiz labial. En el centro, casi amontonado, el placer del grupo se llamaba Jenga. Era el tercer juego y Julián se sentía intimidado. Abrumado por el recuerdo. Así que luego de derrumbar la torre recogió su suéter y comenzó a despedirse del grupo con ciertas dificultades ante las preguntas. A ellas respondió que no había pasado buena noche el día anterior y que necesitaba descansar. Apenas se cerró la puerta de la casa de su amigo Blumenthal, corrió como si lo persiguieran, llegó a su apartamento y se refugió en la oscuridad de su habitación. En el cómodo espacio que formaba la esquina de su recinto con la cama. En la penumbra generada por la tenue luz amarilla de una pequeña lámpara de cama.

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