Trazando Vidas

Una historia común

martes, junio 22, 2004

VII



Sábado cuatro de marzo. A eso de las once de la mañana Julián llamó a Abril para concertar la salida nocturna. Le propuso que fueran a ver una película pero ella se rehusó. Le respondió que esa noche no podría salir puesto que llegaría a visitarla su amiga Daria, quien vivía al norte del país, por lo menos a unas ocho horas de la ciudad. Julián se mostró sorprendido ante la visita de una mujer que cuando tuvo la oportunidad de conocerla, le pareció una mujer interesantísima. Luego le propuso que se vieran un rato por la tarde, y Abril accedió.

Tenían año y medio de compartir juntos, quinientos veintisiete días desde aquella vez en que María, la amiga de Julián, le dio el teléfono de su asistente de dentista para que le hiciera un descuento. Él solicitó la cita para un lunes y asistió puntualmente para que le fuera removida una cordal. Mientras repasaba la revista de modas y se perdía puerilmente entre las fotos de mujeres en trajes de baño, pasaron quince minutos y se abrió una puerta. Le pidieron que pasara adelante, pero él, ante tanta belleza, se tropezaba con el sillón que tenía al lado, pero lograba sujetarse del mueble que yacía a su izquierda. Abril le mostró el cuarto donde sería atendido, y le pidió que se sentara y se relajara mientras el dentista llegaba. Pasaron cinco minutos y no había mucho movimiento. Ella entró en la habitación y le pidió que abriera la boca, al mismo tiempo que iluminaba la enorme boca abierta de Julián. Él se sentía abrumado. Súbitamente quería decirle cosas. No le perdía la vista. Recordó lo que le había sucedido hacía algunos años, cuando al entrar al supermercado no pudo contenerse y tuvo que declararle la belleza a una muchacha que compraba la comida de su casa. Entonces Abril le puso un par de enormes algodones en la boca y abrió un par de gavetas buscando otros instrumentos. Julián intentaba voltear para ver la parte trasera de la bella mujer, pero lo que logró fue que Abril le pidiera que se quedara quieto. Al tiempo llegó el dentista y en un dúo que para Julián fue dinámico, lograron extraer la cordal con la delicadeza de quien cruza un salón de diez por diez bailando un waltz bien practicado. Escupió y escupió hasta liberar los restos de la pequeña operación y procedió a desalojar la habitación. Se secó un poco y caminó directo hacia la recepción. Pagó la cuenta y se dirigió a su casa no sin antes despedirse de Abril con una humilde sonrisa y un corto y tímido movimiento de mano. Se juró que volvería para decirle algo a la mujer que le había quitado el aliento.

Seis días después, una vez que la hinchazón había pasado y que podía pronunciar correctamente las palabras con “r”, decidió tomar el bus que lo llevaría hacia el consultorio del dentista. Tocó el timbre, le dejaron pasar y en medio de la recepción preguntó por la muchacha que asistía al dentista. Lo hicieron esperar por un rato, razón por la cual tomó asiento conocido y repasó revistas conocidas. Luego de pocos minutos una puerta intempestiva fue abierta y bajo el marco se detuvo una Abril sorprendida de volver a ver a su paciente. Él se levantó de un salto y se dirigió hacia ella. Tembloroso le dijo que esperaba que se acordara de él y que esperaba no interrumpirla. Ella sonrió, le dijo que por supuesto que se acordaba de él y que no la interrumpía. Él miró hacia la ventana como tomando aliento y dijo lo que venía a decir. Le dijo que desde que la vio durante su cita tuvo ganas de invitarla a tomar algo, pero que no había encontrado la forma de decírselo. También le preguntó si le gustaría acompañarlo a tomarse algo en algún momento y ella miró hacia la ventana y también tomó aliento. Respondió que sería un placer y que podría ser en esos días, haciendo caso plenamente a lo que había pensado cuando vio por primera vez a Julián… pensó que era descabelladamente guapo.



Julián tenía llaves del apartamento de Abril. Tocó un par de veces y pasó adelante. Ella lo recibió con un abrazo y lo pasó a su habitación. Había estado viendo una película vieja mientras terminaba un chocolate caliente. Esa era una tarde fría, como esas de sábado en las que la gente se guarece y se acompaña entre cobijas y música de fondo. Él se quitó los zapatos, se tiró sobre la cama y se cobijó un tanto los pies. Ella le ofreció un poco de chocolate, fue por él a la cocina y regresó para encontrarlo ido mirando la televisión. Puso las tazas sobre el escritorio y pidió algo de espacio sobre la cama. Luego se recostó frente a él y ambos se quedaron callados observando como el polvo se levantaba de la vieja carretera que aparecía en la pantalla. Luego ella lo abrazó. Se acercó a su mejilla y le dio un beso. Lo acompañó de un te quiero y luego lo besó en la boca. Él cerró los ojos e imaginó la enormidad, para luego quedarse dormido por un largo rato.

“Julián, tengo que alistarme”, dijo Abril intentado despertar a su novio. “Julián.”
“¿Qué pasó?”, respondió él.
“Tengo que alistarme amor. Dentro de una hora llega Daria. Es probable que vayamos a tomar algo y conversemos”, terminó diciendo.
“¿Me estás echando?”, preguntó él mientras asomaba una risa maliciosa.
“No pero bueno, noche de mujeres, vos sabés como es esto”, dijo Abril.
“Está bien amor, pero nos vemos mañana”, dijo Julián mientras intentaba levantarse de la cama.

Pasaron unos minutos. Julián se despedía de Abril y regresaba a casa. De camino se detuvo en una pequeña panadería y sobre una pequeña mesa que daba hacia las ventanas se tomó un refresco y se comió un pedazo de pan con jamón. Era ya de noche. Luego de al menos una hora de haber salido del apartamento de Abril llegó a su casa pero no pudo abrir la puerta pues no tenía las llaves. Hizo algo de memoria y recordó que justo antes de tirarse sobre la cama de su novia había vaciado sus bolsillos sobre el televisor. Recogió la billetera pero no sus llaves. Así que no tuvo otra opción que regresar. De camino, desde un teléfono público, llamó a Abril pero no le contestó la llamada. Titubeó pero decidió seguir su camino con la esperanza de revisar los cafés aledaños creyendo que podría divisar a su novia y a Daria compartiendo un momento. Pero tuvo mala suerte y terminó frente a la puerta del apartamento de Abril, tocando la puerta. Tocó un par de veces como de costumbre. No obtuvo respuesta. Volvió a tocar pero más fuerte puesto que escuchó algo de música adentro. Nadie abrió la puerta. Respiró profundo y tocó algo más fuerte. Espero un poco y escuchó la voz de Abril diciendo que ya venía. Ella abrió la puerta y se vio sorprendida. Él subió la grada de la entrada, le dio un beso en la boca y pasó adelante mientras le decía que había olvidado sus llaves. Sin aliento ella se quedó sosteniendo la puerta mientras veía cómo Julián, ahora de espaldas, caminaba hacia la habitación. La puerta entreabierta dejaba pasar una tenue luz. Una sombra dentro de la habitación hizo notar que había alguien en ella. Julián corrió la puerta de la habitación mientras sin ver saludaba a Daria. Abril pudo ver cómo al entrar, Julián se quedó quieto en medio de la habitación y luego volteó para verla, como preguntando qué hacía esa persona sentada sobre la cama. Ella, avergonzada, con su mano derecha se tapó la boca y observó como Julián caminó rápido hacia la puerta del apartamento y se detuvo frente a ella. Lo escuchó decirle las cuatro palabras más sinceras que había escuchado provenir de su novio: “Maldita hija de puta”. Julián la apartó con un empujón y tiró la puerta. Abril cayó al suelo y se deshizo en lágrimas. De su habitación salió un hombre sin camisa, extrañado, preguntándose qué era lo que había sucedido.