III
Joaquín le sirvió a Julián un plato con tres tostadas, mantequilla y mermelada de piña, y un vaso de jugo de naranja. Julián Campo reincorporó la mirada y se concentró en alimentarse. Durante esos largos cinco minutos, además de recordar el inesperado reencuentro con Abril en casa de su amigo, regresó aún más atrás y recostó su mente contra las imágenes de ellos dos comprando cd's en una tienda en el centro. Usualmente, al llegar a la tienda, cada uno tomaba su rumbo, pero luego de más o menos diez minutos de búsqueda regresarían para compartir lo que habían logrado divisar entre los millares de cd's que se podían encontrar en Magic's. En ocasiones se burlaban de mutuas escogencias, en otras con discreción intentaban adivinar los gustos de los otros compradores, y usualmente al finalizar sus escogencias se sentaban en la entrada de la tienda a escuchar la música que ponía el dj y se tomaban un café.
A su lado se sentó un hombre alto, bastante mayor, quien acomodó su paraguas a sus pies y sin quererlo mojó un tanto los zapatos de Julián. Eso fue suficiente para que Julián se reincorporara y recordara que tenía un desayuno por terminar. Dejó solamente pequeñas migajas sobre el plato, pidió la cuenta y decidido salió directo hacia su trabajo como vendedor en un almacén de artículos de oficina.
Pasado el día, a las tres y cuarenta y siete minutos de la tarde de ese lunes entró al almacén una mujer de pelo negro, lacio, de contextura delgada, que vestía una suéter roja de lana, para él, de repente, inconfundible. Lo que más le llamó la atención, además de la postura de modelo de aquella mujer, fueron sus anteojos. Eran idénticos a los que usaba Abril para leer. Le hicieron recordar las tantas ocasiones en las que vio su reflejo esbozado en la mirada de su novia. Las tantas ocasiones en las que soñó verse reflejado en ellos por el resto de sus días. Las tantas ocasiones en las que amaneció a su lado, casi cayéndose de una cama que a pesar de ser para una persona, Abril había acomodado para dos.
Jueves nueve de marzo. Desde muy temprano en la mañana Julián había abierto los ojos. La noche se hizo eterna y al amanecer decidió que seguir postrado en su cama no tenía ningún sentido. Sintió que no era nadie. Se levantó por unos minutos y al regresar del baño se sentó sobre la cama y encendió el televisor. Cambió canales durante un rato e insatisfecho se levantó nuevamente y se sirvió algo de tomar. El sol comenzaba a aparecer. Abrió las cortinas y respiró profundo el aire del nuevo día, un aire frívolo y desesperanzado, mientras intentaba limpiarse los ojos de los rastros que una noche de llanto ininterrumpido había generado. A la lejanía pudo ver algunos vehículos transitar por las calles. Pudo ver también las montañas que rodeaban el valle donde vivía. Pudo divisar el puñal volar desde la lejanía a doscientos por hora, girando sobre su propio eje como si hubiese sido lanzado por un cañón desde las montañas. Pensó que podría esquivarlo con un rápido movimiento de caderas. Pero sabía al mismo tiempo que lo que había sucedido ya había sucedido, y que lo que ahora le tocaba era saborear las mieles de la desgracia. De la humillación. Intentó permanecer erguido, con el pecho al frente, y sintió en su mente cómo el puñal le destrozó el corazón, y cómo Abril había destrozado buena parte del pasado.
Al tiempo se acercó un cliente y le pidió que le mostrara la máquina de escribir marca Olivetti que se encontraba en promoción. Un tanto impaciente Julián intentó mostrarle al cliente todas las funcionalidades del aparato. No pudo entender al final cómo llegó a tener lugar esa venta. Su mente estaba en otro lugar.
“Ahora regresar y nuevamente sólo en casa”, pensó. “Tal vez deba llamar a alguien para entretenerme.”
Llegó a su apartamento cuando comenzaba a anochecer. Sin darle largas al asunto tomó la libreta de teléfonos y buscó el número de Clara, su excompañera de colegio, con quien desde hacía ya muchos años había logrado mantener buena amistad.
“¿Cómo estás Clara?, habla Julián”, dijo con seguridad.
“Hola Julián, qué gusto oírte”, respondió su amiga.
“Igualmente…. Mirá, me preguntaba, ¿qué vas a hacer esta noche?”, preguntó Julián con ciertas dudas.
“Bueno… pensaba lavar algo de mi ropa y luego descansar un poco, ¿por qué?”
“Nada, pensaba que tal vez podría ir a visitarte y conversar un rato, ¿qué te parece?”
“Bien, pero como a las ocho si te parece”, dijo Clara.
“Perfecto, a las ocho llego a tu apartamento”, dijo Julián, y colgó el teléfono.
La música de fondo sonó fuerte. Desde aquel quinto piso y a todo volumen el heavy metal que escuchaba le hubiese servido para sacar de quicio a los vecinos, pero en esta ocasión decidió poner el volumen a nivel normal. Luego de conversar con Clara sintió alivio y ganas de suicidarse al mismo tiempo. Quería pensar que eventualmente podría salir adelante pero en ese mismo momento tenía ganas de matar, uno a uno, a todos aquellos que de alguna forma u otra se vieron relacionados con lo que Abril le había hecho. Al final, terminó pateando el basurero al sonar las últimas notas de la canción que escuchaba y súbitamente se vio frente al espejo del baño inseguro de si quien veía con sudor en la frente y el ceño fruncido podía ser él. Pasó su mano derecha sobre su pelo como para peinarse un poco, se lavó los dientes y terminó sentado comiendo uñas sobre el pequeño sillón que le había regalado su madre cuando decidió irse a vivir solo.
“¿Qué diablos voy a ir a hacer a casa de Clara?”, se preguntó. “Bah… que pase lo que tenga que pasar, de todas formas de me vale un…”, terminó sentenciando su cabeza.
Quince minutos antes de las ocho de la noche Julián tomó las calles. Caminó hacia donde Clara bajo una muy tenue llovizna que desde la tarde hacía esfuerzos por terminar.
A su lado se sentó un hombre alto, bastante mayor, quien acomodó su paraguas a sus pies y sin quererlo mojó un tanto los zapatos de Julián. Eso fue suficiente para que Julián se reincorporara y recordara que tenía un desayuno por terminar. Dejó solamente pequeñas migajas sobre el plato, pidió la cuenta y decidido salió directo hacia su trabajo como vendedor en un almacén de artículos de oficina.
Pasado el día, a las tres y cuarenta y siete minutos de la tarde de ese lunes entró al almacén una mujer de pelo negro, lacio, de contextura delgada, que vestía una suéter roja de lana, para él, de repente, inconfundible. Lo que más le llamó la atención, además de la postura de modelo de aquella mujer, fueron sus anteojos. Eran idénticos a los que usaba Abril para leer. Le hicieron recordar las tantas ocasiones en las que vio su reflejo esbozado en la mirada de su novia. Las tantas ocasiones en las que soñó verse reflejado en ellos por el resto de sus días. Las tantas ocasiones en las que amaneció a su lado, casi cayéndose de una cama que a pesar de ser para una persona, Abril había acomodado para dos.
Jueves nueve de marzo. Desde muy temprano en la mañana Julián había abierto los ojos. La noche se hizo eterna y al amanecer decidió que seguir postrado en su cama no tenía ningún sentido. Sintió que no era nadie. Se levantó por unos minutos y al regresar del baño se sentó sobre la cama y encendió el televisor. Cambió canales durante un rato e insatisfecho se levantó nuevamente y se sirvió algo de tomar. El sol comenzaba a aparecer. Abrió las cortinas y respiró profundo el aire del nuevo día, un aire frívolo y desesperanzado, mientras intentaba limpiarse los ojos de los rastros que una noche de llanto ininterrumpido había generado. A la lejanía pudo ver algunos vehículos transitar por las calles. Pudo ver también las montañas que rodeaban el valle donde vivía. Pudo divisar el puñal volar desde la lejanía a doscientos por hora, girando sobre su propio eje como si hubiese sido lanzado por un cañón desde las montañas. Pensó que podría esquivarlo con un rápido movimiento de caderas. Pero sabía al mismo tiempo que lo que había sucedido ya había sucedido, y que lo que ahora le tocaba era saborear las mieles de la desgracia. De la humillación. Intentó permanecer erguido, con el pecho al frente, y sintió en su mente cómo el puñal le destrozó el corazón, y cómo Abril había destrozado buena parte del pasado.
Al tiempo se acercó un cliente y le pidió que le mostrara la máquina de escribir marca Olivetti que se encontraba en promoción. Un tanto impaciente Julián intentó mostrarle al cliente todas las funcionalidades del aparato. No pudo entender al final cómo llegó a tener lugar esa venta. Su mente estaba en otro lugar.
“Ahora regresar y nuevamente sólo en casa”, pensó. “Tal vez deba llamar a alguien para entretenerme.”
Llegó a su apartamento cuando comenzaba a anochecer. Sin darle largas al asunto tomó la libreta de teléfonos y buscó el número de Clara, su excompañera de colegio, con quien desde hacía ya muchos años había logrado mantener buena amistad.
“¿Cómo estás Clara?, habla Julián”, dijo con seguridad.
“Hola Julián, qué gusto oírte”, respondió su amiga.
“Igualmente…. Mirá, me preguntaba, ¿qué vas a hacer esta noche?”, preguntó Julián con ciertas dudas.
“Bueno… pensaba lavar algo de mi ropa y luego descansar un poco, ¿por qué?”
“Nada, pensaba que tal vez podría ir a visitarte y conversar un rato, ¿qué te parece?”
“Bien, pero como a las ocho si te parece”, dijo Clara.
“Perfecto, a las ocho llego a tu apartamento”, dijo Julián, y colgó el teléfono.
La música de fondo sonó fuerte. Desde aquel quinto piso y a todo volumen el heavy metal que escuchaba le hubiese servido para sacar de quicio a los vecinos, pero en esta ocasión decidió poner el volumen a nivel normal. Luego de conversar con Clara sintió alivio y ganas de suicidarse al mismo tiempo. Quería pensar que eventualmente podría salir adelante pero en ese mismo momento tenía ganas de matar, uno a uno, a todos aquellos que de alguna forma u otra se vieron relacionados con lo que Abril le había hecho. Al final, terminó pateando el basurero al sonar las últimas notas de la canción que escuchaba y súbitamente se vio frente al espejo del baño inseguro de si quien veía con sudor en la frente y el ceño fruncido podía ser él. Pasó su mano derecha sobre su pelo como para peinarse un poco, se lavó los dientes y terminó sentado comiendo uñas sobre el pequeño sillón que le había regalado su madre cuando decidió irse a vivir solo.
“¿Qué diablos voy a ir a hacer a casa de Clara?”, se preguntó. “Bah… que pase lo que tenga que pasar, de todas formas de me vale un…”, terminó sentenciando su cabeza.
Quince minutos antes de las ocho de la noche Julián tomó las calles. Caminó hacia donde Clara bajo una muy tenue llovizna que desde la tarde hacía esfuerzos por terminar.

