XI - Epílogo.

Jueves, de algún año. Vida poca. Tan Grande. Vida de segundos… Julián llegó al Milano faltando diez para las nueve. No solo era una persona un tanto ansiosa, sino que siempre había creído que no estaba de más analizar un poco el lugar –como si no lo conociera- para poder tener las cosas un tanto más bajo control. Un mesero se le acercó enseguida:
“Algo de tomar señor?”, preguntó.
“No todavía, muchas gracias. Espero a alguien. Cuando ella venga sí le agradecería nos tome la orden”, apuntó Julián.
“Con mucho gusto”, dijo el mesero mientras daba media vuelta y se dirigía a atender otras mesas.
Julián levanto su mano y observó el reloj. Todavía faltaban unos minutos, por lo que se dedicó a doblar una servilleta. Pensó que no caería mal decirle a Clara algunas cosas sobre las que había estado pensando últimamente, y esperó que sus comentarios, lejos de ser sorpresivos, fueran acogidos por Clara como una muestra de madurez.
Sara se levantó de golpe de la mesa, golpeó su rodilla derecha con el borde de la misma, intentó disimular el dolor y con una mirada sorprendida observó fijamente la remozada y elegante cara de André Cavale, quien recién le había saludado.
-¿Cómo estás Sara?-
-Bien André, aunque es extraño verte de nuevo.
-Lo sé. Además sé que mi llamada fue algo inoportuna, pero solamente estaré dos días en la ciudad y francamente tenía que verte.
-No te preocupés. Lo que pasa es que en efecto tu llamada fue algo extraño. Además, me sorprendiste porque he tenido días un tanto difíciles.
-¿Por qué?
-No preguntes… otro día te contaré de eso, pero hoy no.- En ese preciso momento Sara recordó parte de la discusión que había tenido horas antes con Agustín. Su memoria, de inmediato, como si fuese el encargado de seguridad del corazón, trajo a su cabeza el momento en el que algún siete de marzo André simplemente había desaparecido.
-Tomás tu tradicional Tom Collins… ¿será que no hemos cambiado nada luego de estos años?
-Soda con limón para vos, imagino- sentenció Sara.
-En efecto Sara, en efecto.
Al tiempo llegó el mesero, tomó la orden de André y luego regreso con un alargado vaso de vidrio que dejaba ver un limón flotando entre hiperactivas y delicadas burbujas.
-¿Qué tal todo André? ¿Cómo está tu padre? Escuché que no estaba bien, pero nunca tuve cómo informarme.
-No hablemos de eso Sara. Hoy no es día para eso. He decidido comentarte algunas cosas que desde hacía mucho tiempo tenía la necesidad de comentarte.
-¿Qué pasó?, preguntó Sara interesada. ¿De qué querés hablar?
-¿Te acordás del siete de marzo?, preguntó André.
-¿Que si me acuerdo? Son ya tres años André, y todavía no lo he olvidado, dijo Sara mostrándose un tanto indignada. -Nunca entendí por qué desapareciste.
-Quería hablarte de ese día, y de los días que le precedieron.
-¿Para qué ahora And…., interrumpió Sara.
-Por favor dejame hablar, dijo André, mientras bebía un trago importante para quitarse la incipiente sequedad de boca. –Yo sé que no estuvo bien tomar mis cosas y desaparecerme. De hecho eso ha sido algo que me ha atormentado desde que sucedió. Debí ser no sólo más cortés, sino más adulto. Pero vos sabés como se pone uno en esos momentos, que piensa que es mejor decir las cosas claramente, pero al momento de enfrentarse a ellas uno no es más que un niño que no halla las palabras correctas para describir al corazón.
-Te entiendo, dijo Sara.
-Dos días antes del siete, un hombre tocó a mi puerta. Era un hombre mayor, le calculé unos setenta y resto de años, y me entregó un sobre. Le pregunté de quien provenía pero no quiso responderme. Me dijo que esperaría a que yo leyera lo que venía adentro y se llevaría mi respuesta. Extrañado, le pregunté que si me conocía, pero me respondió negativamente. Entonces abrí el sobre y leí atentamente. En lugar de iniciar una discusión o agarrar a patadas al pobre viejo, comencé a sudar y a mirar para todos lados, como buscando la mejor salida a la realidad a la que en ese momento me había visto expuesto.
-Pero… ¿Qué decía la carta?, preguntó Sara.
Clara entró al lugar pasados cinco minutos después de las nueve. Julián se levantó, la saludó, y le corrió la silla para que se sentara. Clara pidió algo de tomar y una crema de hongos, y reacomodó cada uno de los cubiertos que había puesto el mesero para ella. Luego se recogió el cabello y le preguntó a Julián que a quién miraba. Julián volvió en sí y le dijo que a nadie, que a un tipo que desde que Clara había entrado, no dejaba de mirarla.
“¿Celoso?”, pregunto Clara.
“Celoso… ¿yo?, respondió Julián. “¡Si tan solo supiera detalles de nuestros encuentros!”, dijo Julián mientras sonreía con malicia.
“Sí, seguro no debe tener ni la menor idea, pero se lo estará deseando, ¿no te parece?”
“Ni me digás, no quiero imaginármelo”, terminó diciendo Julián casi riendo a carcajadas.
Los dos siguieron conversando por veinte minutos más, pasando de temas candentes hasta otros que no lo eran tanto, nunca perdiendo esa mirada poco comprometida -ella-, ni esa incipiente fijación -él-, al estar el uno frente al otro. Clara le comentó a Julián que recién venía de toparse con Estefanía, su amiga trabajadora social, quien le había comentado que en los pueblos al sur de la ciudad necesitaban voluntarios por dos meses para que ayudaran con el plan de sexualidad rural que había iniciado una institución gubernamental. Entre otras cosas, Clara hizo visible su interés no sólo por ofrecerse para dicho proyecto, sino que además dejó claras sus intenciones de irse a vivir a algún área rural del país. Se calificó como una colaboradora frustrada, y no dejó dudas de que quería, desde hacía ya algún tiempo, hacer algún favor a la gente que menos tenía, al menos por algún tiempo.
La mirada de Julián había dejado de divagar hacía ya algunos minutos. Se posó decididamente sobre los labios de Clara justo en el momento en el que ella hacía referencia a las carencias, y decidió detenerse justo ahí para tomar algo de aire y enfocar nuevamente.
“¿Y cuándo estarías pensando irte?”, preguntó.
“Hmmm, no estoy muy segura, pero mientras más lo pienso creo que debería ser lo antes posible.”
“Entiendo”, dijo Julián, mientras levantaba la mano para llamar al mesero.
“¿Sí señor?”, preguntó cordialmente aquél.
“Regáleme por favor otro de éstos”, dijo Julián mientras entregaba, vacío, el vaso con hielo donde alguna vez fue servido un tosco y añejo whisky.
“…”
“Entiendo”, repitió. Y bastaba con hurgar bajo la mesa, hacer a un lado el mantel y ver cómo la pierna izquierda de Julián había comenzado a llevar un ritmo en tres cuartos poco coherente… diríamos, torpemente destiempado.
“Ya regreso Clara, tengo que ir al baño un segundo.”
“Está bien, te espero…”
-No sólo era una carta Sara. Además de eso, venía acompañada por exámenes de sangre, fotografías y copias de certificados civiles. Eran los documentos de nacimiento un niño, Matías, de apellido Cavale, así como los exámenes de sangre que hacían constar que yo era nada menos que su padre.
-¿¿Cómo??, preguntó exaltada Sara, mientras le tiraba la servilleta de tela en la cara a André. –¿Fue esa la razón por la que te fuiste? ¡¡No puedo creerlo!! ¿Estuviste con alguien más?
-Por favor Sara, tranquilizate. Si he venido a decírtelo es porque no puedo más con esta carga.
-¿Que me tranquilice me pedís? Puedo tranquilizarme André, pero simplemente no puedo creer que después de tantos años tenga que venir a escuchar que esas fueron las razones. ¡Vaya que te imaginaba diferente!, terminó diciendo Sara Jasid.
-Soy padre de un hermoso niño, y aunque no me lo creas, me ha cambiado la vida.
-No sólo a vos André, no sólo a vos…
-Disculpame Sara, voy al baño, ya regreso, no te vayás…
-Cobarde… apurate por favor, que tenemos cosas de qué hablar.
André se levantó de la mesa sin mirarla, y sin distracciones mientras miraba hacia el suelo, caminó directo hacia el baño. Empujó con fuerza la puerta, se detuvo frente al orinal e inició el ritual. Alguien más orinaba a su lado. Mientras miraba la pared que tenía frente a sí, escuchó que la persona que estaba junto a él silbaba una canción conocida. Volteó la mirada y reconoció, sobresaltado, a su viejo amigo, Julián Campo.
-¡Julián! ¡¿Qué hacés aquí hermano?!, preguntó sobresaltado André.
-¡André!, respondió Julián. –¡Qué bien verte! ¿Cómo estás?
-Bien Julián, digamos que bien. Pasando por unos minutos difíciles, pero bien. Vení, conversemos afuera.
Salieron del baño y conversaron por unos minutos. Julián le aceptó a André que recién había recibido una noticia que lo había puesto un poco triste y que lo peor era que la había recibido justo el día en el que había decidido dar un paso adelante. André no se quedó atrás y le comentó algunos detalles de la batalla que se estaba librando en su mesa. Julián, intrigado, le preguntó a su amigo si la tal Sara era la famosa Sara Jasid, aquella mujer con la que en algún momento su amigo había pensado casarse. André asintió y lo invitó a conocerla.
Juntos caminaron diez metros y la cámara, lenta, pudo captar lo siguiente:
Que los amigos, luego de tiempo suficiente de no verse, sonreían juntos. Que un mesero dejaba caer un vaso al costado de la barra. Que un vehículo pasaba afuera a altas velocidades. Que un hombre mayor levantaba la mano. Que una mujer mordía un pedazo de pizza. Que un mesero recogía platos sucios de una mesa. Que Clara volteaba la mirada hacia Julián, parpadeaba, y su cabello interrumpía su vista mientras se preguntaba hacia dónde se dirigía su compañero, y comenzaba a invadirla el desazón. Que André daba pasos decididos hacia su mesa. Que Sara bebía un trago más de Tom Collins. Que alguien abría un paraguas. Que afuera, un pobre pedía limosna. Que a Blanca Montvelisky le decían palabras de amor y que un perro intentaba ingresar al lugar. Que al acercarse a la mesa André presentó a Sara con Julián y que justo después de que ella se levantara y ambos se dieran la mano para saludarse, una mirada invariable y tenaz salió de cada uno de ellos y los atravesó como atraviesa la flecha a su víctima, desangrándolos.
André, sin darse cuenta, había borrado de un soplido aquella blanca y poderosa línea que la naturaleza había trazado entre aquellos, pero intuyó algo cuando Julián, visiblemente conmocionado le decía a aquella hermosa mujer que era Sara Jasid “Mucho gusto, es un placer conocerla. Mi nombre es Julián Campo”, y ella, serena, respondía, radiante, “Igualmente, Sara Jasid.”

