Trazando Vidas

Una historia común

miércoles, julio 14, 2004

IX

Julián salió de casa de Clara como si hubiese recorrido diez maratones, una tras otra, ocupando así un día entero de recorrido. Apenas pudo quitarse los zapatos y lavarse los dientes antes de caer rendido luego de semejante noche en casa de su amiga. Al día siguiente, apenas despertó, amaneció excitado al deleitarse con los recuerdos de lo que en la noche anterior le había sucedido. Tomó una larga ducha y pasó a desayunar al Milano. Luego llegó al almacén y divagó por cada uno de los estantes mientras reconstruía en su cabeza, una a una, las posiciones practicadas, las palabras erotizadas y las fantasías cumplidas. Se dijo a sí mismo que ni siquiera a ese punto había llegado con Abril... y siguió pensando.

Personas y más personas entraban al almacén. A la mayoría les vendía. La mayoría eran mujeres. Pensaba que toda aquella excitación y toda esa explosión de sabor que manejaba en su cabeza no hacían más que ayudarle a emitir feromonas y a atraer al sexo opuesto. Lo estaba comprobando. A las tres horas de haber comenzado el día de trabajo ya había conseguido los números de teléfono de dos mujeres que habían realizado compras en el almacén. Una de ellas, a juzgar por su anillo, estaba casada. Luego tomó nota del inventario que ingresaba y a la hora del almuerzo no pudo más ante lo incontenible: llamó a Clara y le propuso que se vieran por la noche. Le dijo que la noche anterior había sido sencillamente milagrosa y que quería repetirlo. Ella accedió y quedaron en verse esta vez más temprano. Seis y treinta.

Las horas pasaron tan despacio como para desesperar. La gota de sudor caía lento. Los zapatos se desamarraban y la ropa quedaba incómoda. Pero al final, como siempre, a pesar de la larga espera o mejor dicho, luego de la ansiedad, llegó la hora. Se lavó bien los dientes, se acomodó el pelo y se fue directo hacia donde Clara. Pasó, eso sí, a la farmacia antes. Era ansioso pero precavido. Luego tocó la puerta y fue recibido por una mujer con brillo en los ojos, mirada directa, y esencia de sexo. No pasaron más de treinta minutos con la ropa puesta. Pasaron más de cuatro horas sin ella. Por todas las partes del apartamento. De todas las formas imaginables. El lobo se comió a su presa. La presa deseaba dejarse comer.

Camino a casa, entrada bastante la noche, Julián no pudo evitar el vacío. Cruzó la calle como para evitar toparse de frente con los temores, pero el peso de lo que le había sucedido era recurrente. Entonces recordó la imagen de Abril en la puerta, observando cómo él, cual niño desprotegido, entraba en la habitación y topaba con otro hombre. Luego pensó en Clara y en lo que podría suceder con ella. Si sería todo tan casual. Tan animal. Tan irrelevante. Pero comenzó a ilusionarse. Terminó por darle crédito a todas esas ideas puesto que justo antes de salir del apartamento de Clara le dijo que podrían verse el jueves por la noche en el Milano. Lugar conocido. Dominado. Lugar no neutral, para tomarse una cerveza. No sabía, eso sí, la sorpresa que esa noche, como si fuese la muerte la que aguarda, le esperaba.

"Sí Julián, el jueves me parece bien, ahí en el Milano, pero... como a qué hora?"
"Como a las nueve Clara, como a las nueve."

La vida es tan poca. Tan grande. En cuestión de segundos se transforma.

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